SILVIA FLECHOSO

El triunfo de la fe

El triunfo de la fe

Fin del cuerpo femenino como objeto blando y pasivo ante el espectador. Aquí pasa a ser sujeto, fuerte y activo, que se yergue vertical y poderoso sobre todos los elementos de la estancia, hacia el cielo.

Representa la crucifixión en el entorno doméstico. El objeto de arte une lo espiritual con lo físico, lo de arriba, con lo de abajo, la vertical con la horizonal, lo que engendra la figura de la cruz. La cruz es un símbolo geométrico que significa la unión de la multiplicidad (horizontal) con Lo Uno (vertical). Crucifixión significa «fijación a la cruz»; esn ésta particularmente se une la horizontal (estancia) y la vertical (cuerpo) para hablar del centro, punto al que se accede en el cruce de ambas. La crucifixión es el regreso al Uno (punto central, cruce) en la trascendencia de la muerte material (dos, horizontalidad) a través de la fe. Éste es el camino del artista. El uno es la infinitud hecha finita.

Se presenta esta comunión en la ofrenda del cuerpo sobre el altar (columpio). La densidad del cuerpo se eleva sobre los pliegues del mundo material (paño), sobre el mal (perro), el vacío (chimenea), el ego (paño-verónica); ha elevado su cuerpo sobre la batalla (cabayo de troya), su corazón, por delante de la sombra (cuadrado negro de Malévich), y el conocimiento (cabeza), sobre la erudición valdía (estanterías de libros). Los pliegues también simbolizan la obra de arte.

El cuerpo femenino (receptividad, creatividad), presenta forma de copa cuyo vino es el cielo (techo). En sus manos hay una especie de ganchos o de copas, pues no se distingue muy bien la forma. Su cuerpo de copa se eleva sobre los pliegues (camino de abajo a arriba) y recibe del cielo el vino viviente de La Verdad (la fe), que la baja a tierra a través de su cuerpo hasta los pliegues (camino de arriba a abajo). El paño sobre el cual se alza el cuerpo apoyando los pies tiene los mismos colores que el techo; esto quiere decir que el paño es reflejo del cielo, sólo que en la tierra se nos presenta plegado.

Estamos ante una composición eminentemente vertical por la posición del cuerpo, que traza una cruz en relación con el fondo. Esta verticalidad realza la fuerza y el vigor del cuerpo femenino que parece ascender, como una saeta, hacia el cielo. A pesar de la estaticidad de la escena que también evoca eternidad (la eternidad del uno, de la unión), la tensión del giro de la cabeza desata el movimiento, no de manera evidente, sino de una presencia sobre humana contenida en el interior como pura potencialidad. Es un juego de líneas verticales (cuerpo, libros, paredes…) con horizontales (estantes, techo, suelo, paño…); la rigidez cuadrangular se rompe por la organicidad de las formas que presentan el cuerpo y las telas fundamentalmente, así como ciertas líneas de perspectiva que aparecen apenas insinuadas pero que estructuran el total enmarcándolo en una espiral.

La escena presenta una figura central en una estancia cotidiana. Un desnudo femenino alzado sobre sus pies, sobre unos paños con el cuerpo vertical y los brazos extendidos a lo alto y las manos cerradas en lo alto, y la cabeza inclinada hacia su izquierda y hacia atrás. El cuerpo es poderoso, bien proporcionado, atlético y hermosamente tonificado, sin que resulte delgado ni excesivamente musculoso, en el que se adivina fácilmente su anatomía. La escena tiene lugar en un entorno doméstico, el salón de una casa, en el que vemos al fondo una mesa con un mantel azul, y sillas, una de perfil y dos de espaldas, sobre las que penden un paño blanco y otro azul oscuro. Sobre la mesa hay algún objeto. Más allá de ésta, en la pared del fondo encontramos una chimenea a cuyos lados hay estantes con libros y otros objetos. Sobre el poyo de la chimenea un caballo de madera de juguete rojo y sobre ésta, más arriba, en la pared, un cuadro negro. A la derecha del todo vemos una especie de lámpara que parece pender de la pared, y a la izquierda del cuadro una franja vertical negra, que cubre el arrepentimiento de estantes torcidos. En la parte inferior derecha vemos la vaga imagen de un perro que aparece entre unas cortinillas negras.

La luz es lateral procedente de la izquierda del cuadro, y dibuja perfectamente los volúmenes del cuerpo central. Es la luz natural del sol de la mañana.

El cromatismo del cuadro comprende tonos cuaternarios y grises comos. Predominan blancos, negros, grises y azules en el espacio, y rosado para el cuerpo. Aparte, notas de color se destacan contenidamente al fondo, dotando al total de gracia añadida. La estancia está predominantemente planteada en colores fríos, destacándose en el centro el cuerpo en la calidez fresca de su carnación. Simbólicamente el el juego de la vida (negro) y la muerte (blanco), porque el blanco es el color de la muerte, y también lo es de la pureza, así como el negro lo es de la vida y del misterio. El azul sugiere pensamiento y espiritualidad, creatividad y eternidad, y el rojo del cuerpo, la pasión de la carne. Todo él está entonado y mantiene unidad cromática y los contrastes de color se realizan de manera sutil.

Hay dos juegos diferentes de perspectiva conviviendo en la construcción de la escena, resultando una extraña perspectiva que presenta transparencias e inmaterialidad.

El símbolo de la crucifixión es el enigma de la vida humana y la trascendencia de la muerte.

El techo simboliza el cielo.

El suelo simboliza la tierra y la ceniza.

El cuerpo es la llama de la Vida eterna, el Cristo.

El paño bajo los pies es un altar.

En el paño blanco junto a la mesa advertimos un rostro: es una verónica. Nuestro Cristo no muestra su rostro sino en el paño blanco junto a la mesa. El caballito de la chimenea es el caballo de madera de la guerra de Troya. El cuadro negro hace un guiño al Cuadrado Negro de Malévich.

Así se presenta lo de abajo (tierra) y lo de arriba (cielo), siendo la crucifixión la unión de lo de abajo con lo de arriba en la ofrenda del cuerpo sobre el altar. La densidad del cuerpo se ha elevado sobre los pliegues del mundo material (paño), sobre el mal (perro), el vacío (chimenea), el ego (verónica); ha elevado su cuerpo sobre la batalla (cabayo de troya), su corazón se ha puesto por delante de la sombra (cuadro de Malévich), y el conocimiento (cabeza) se ha elevado sobre la erudición valdía (estanterías de libros). Los pliegues también simbolizan la obra de arte.

El cuerpo femenino (receptividad, creatividad), presenta forma de copa cuyo vino es el cielo (techo). Su cuerpo de copa se eleva sobre los pliegues (camino de abajo a arriba) y, recibiendo del cielo el vino de La Verdad de La Vida (la fe), que la baja a tierra a través de su cuerpo hasta los pliegues (camino de arriba a abajo). El paño sobre el cual se alza el cuerpo apoyando lo pies tiene los mismos colores que el techo; esto quiere decir que el paño es reflejo del cielo, sólo que en la tierra se nos presenta plegado. Máxima hermética “Así como es arriba es abajo”.

La crucifixión es el regreso al uno.

El triunfo de la fe representa la unión (cruz)`con el Ser (uno, verticalidad) en la trascendencia de la muerte material (dos, horizontalidad) a través de la fe.

Representa el uno.

Siendo una obra del siglo XXI es esencialmente barroca, por su juego de pliegues, de cosas dichas a medias, de cosas dichas siempre con un doble sentido. ¿Es una crucifixión, o simplemente alguien disfrutando en el salón de su casa? ¿Es una crucifixión o es el gozo de la Vida? ¿Qué vemos realmente aquí más allá de esta lectura simbólica? El espectador aporta el significado real de la obra.

Recibe la influencia de obras como el Cristo de Velázquez por la pureza que revela su cuerpo, de la pintura de Tiziano, Tintoretto y Veronés, en la manera de trabajar la materia, de las Meninas de Velázquez por el juego compositivo y estructural de la perspectiva oculta, de Leonardo por la cara del Cristo que aparece en el paño blanco de la Verónica, del Cuadrado Negro de Malévich, a quien hace un guiño mencionando este icono del arte contemporáneo en la imagen, del San Sebastián de Tiziano por el cuerpo, de Lucian Freud por los desnudos en interiores cotidianos, de Balthus por lo evocador de la escena. El buey desollado de Rembrandt.

En nuestra época, ¿Qué sentido tiene esta obra? ¿Qué sentido tiene una obra de iconografía marcadamente religiosa en una época donde reina el escepticismo, el ateísmo o el agnosticismo? Es precisamente cuando nos hemos alejado de la espiritualidad, cuanqdo hemos olvidado quiénes somos confundiéndonos en la identificación con el ego cuando más necesario se hace recordar el mensaje de la unuión. El arte no es sino religión. El artista es el Cristo a través del cual se expresa la creación, a través del cual se unen el cielo y la tierra.